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El Sahara en moto histórica. Villa Cisneros

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He recorrido las extensiones boscosas de Finlandia o Canadá, la tundra de Alaska, el infinito manto de matorral africano que allí llama “bush”; y todos esos escenarios grandiosos al principio, al final se hicieron tediosos, interminables, aburridos. Pero océanos y desiertos son paisajes mutantes. Nunca iguales a sí mismos. Cada kilómetro es difiere del anterior. No hay dos desiertos iguales y no hay dos océanos idénticos. Ni siquiera el mismo desierto se parece a sí mismo cuando lo contemplas dos veces. El desierto nunca aburre. Sobrecoge, estremece, inquieta, pero jamás aburre.

Según voy profundizando en el Sahara siento más respeto por los pioneros africanistas que en el siglo XIX se adentraron en estas tierras de dureza extraordinaria. Me sucede siempre que sigo la senda de un explorador del pasado. Sobre el terreno que ellos pisaron, sus biografías se convierten en tu propia aventura. Por esos personajes del pasado empecé a sentir primero respeto, luego admiración y cuando llevo años siguiendo sus huellas y sufriendo en mis carnes la dificultades que ellos sufrieron, entonces siento afecto.

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Es lo que estoy sintiendo ahora por Emilio Bonelli, el sin par aragonés que fuera inspirador de la colonización española en el Sahara. Su recuerdo me espera al entrar en la península del Río de Oro en dirección a la ciudad que él fundara en 1884: Villa Cisneros.

Surge ante un escenario de cuento de las Mil y una noches. El horizonte dorado bajo el sol del atardecer, un mar de arena del color del oro viejo, plano océano de dunas que se agita aquí y allá en olas de silicio molido.

Villa Cisneros, capital de la provincia del Rió de Oro hasta que en 1976 fue tomada por los mauritanos. Cuando se fueron, entraron los marroquíes sin respetar derecho de propiedad preexistente español. Por eso salvo un par de fortines abandonados y la iglesia no queda casi nada del legado español. Y eso porque los saharauis los defendieron con uñas y dientes al considerarlos parte de su propio pasado.

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Es lo que queda del sueño de Emilio Bonelli. Nacido de padre italiano y madre española en 1855, fue educado en Tánger. Quedó huérfano muy joven y encontró trabajo en el consulado español de Rabat como traductor. Llamado a filas superó las pruebas de la Academia de Infantería de Toledo y alcanzar el grado de oficial. Su idea era establecer puestos españoles en el Sahara para auxiliar a los pescadores de las islas Canarias.

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El intrépido oficial se presentó directamente en el despacho del Presidente del Consejo de Ministros, Canovas del Castillo, a quien le contó su loca idea. Canovas del Castillo quedó impresionado y financió su expedición con 7.500 pesetas.

En 1884 Bonelli desembarcó en la Península del Río de Oro; negociaría con las tribus para que aceptasen la autoridad de España y fundaría Villa Cisneros en honor al Cardenal Cisneros por haber propugnado en el siglo XV una expansión ibérica en África tras concluirse la Reconquista. Ese plan se frustró por un hecho impredecible. El descubrimiento de un nuevo mundo al oeste cambiaria completamente el rumbo de la política exterior española en los siguientes siglos.

Contemplando el océano desde esta orilla africana sueño con cruzar el inmenso azul para visitar el otro extremo del Atlántico para vivir y contar esa otra gran historia de nuestra exploración. América espera.

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