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Cosas que ver en Nueva York en un día cualquiera (I)

Cosas que ver en Nueva York en un día cualquiera (I)
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Nueva York es tan gigantesca y variopinta que no importa que leáis todas las listas de cosas que ver que hay en el mundo: siempre habrá más cosas que ver, y toda serán igualmente espectaculares. Así, sin ánimo de abarcarlo todo, sencillamente os voy a mostrar las cosas que yo vi en uno de los viajes que realicé a la Gran Manzana. De vosotros dependerá echar un vistazo o no a las mismas.

Tras ocho horas de vuelo, aterrizamos en el aeropuerto JFK de Nueva York. Retrasamos cinco horas nuestros relojes. En la aduana, un agente que hablaba español nos selló el pasaporte, pues no nos consideró (cosa rara) sospechosos.

Desestimamos la posibilidad de localizar un autobús que nos llevara directamente al hotel, porque el llamado Shuttle Bus, una suerte de minibús que funciona como un taxi compartido, no es fácil de cazar. Deseaba llegar a Manhattan antes de que anocheciera, así que resolvimos coger un taxi, de los amarillos. La tarifa era de 38,5 dólares más la propina. El trayecto de 33 kilómetros lo cubrimos en más de una hora de resultas del intenso tráfico.

El taxista hablaba un inglés macarrónico al mismo ritmo que tabletean las ametralladoras. Yo no capté ni una sola palabra de aquel dialecto local, excepto una referencia a un tal The Big Man y que todos los habitantes de Manhattan estaban locos de atar, crazy, crazy, crazy.

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Dejando por imposible aquella conversación ininteligible para mí, me concentré en todo lo que podía contemplar a través de la ventanilla. Un mundo que había conocido en mil películas pero que jamás creí que tuviera un enclave real. Un mundo oriundo del celuloide que tenía vedado el paso a todo aquel que no fuera un personaje de ficción, aunque allí estaba yo.

Atisbé el mítico barrio de Harlem, tan ominoso como me había figurado. A un grupo de niños negros jugando al baloncesto en una cancha de cemento cercada por rejas. Un cementerio pequeño llamado Saint Michael. Y entonces, al fin, el perfil abrumadoramente vertical de la ciudad, oscurecida por una nube de contaminación atmosférica que transgredía el tratado de Kyoto.

Si tuviera que definir Nueva York con una sola palabra sería claxon.

La laberíntica travesía, a pesar de los vislumbres cinematográficos, llegó a agotarme. La multiplicidad de aquel escenario abigarrado saturaba mis sentidos, adormeciéndolos. Empezaba a ver las calles neoyorquinas como los dibujos de un ciclorama minuciosamente pintado. En las ventanas de los rascacielos se reflejaba infinitamente el brillo áureo del sol, incrementando este efecto psicodélico.

De modo que resoplé satisfecho cuando cruzamos al fin las puertas del Hotel Salisbury, porque la infernal concatenación de pulsos horrísonos quedó amortiguada al igual que un mal sueño velado por la vigilia. Perdón por el exceso de poesía.

Le tendimos dos dólares al portero por cargar con nuestros bultos (un dólar por bulto, parece ser el acuerdo tácito). Nos registramos y, tras aquel maratoniano viaje, finalmente pusimos los pies en nuestra habitación. Pero aún quedaba mucho Nueva York que ver, y lo seguiremos haciendo en la segunda entrega de este artículo, que es cuando viene lo mejor.

Fotos | Wikipedia

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