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El lado más redneck o paleto de Estados Unidos, recorriendo la Ruta66 (V)

El lado más redneck o paleto de Estados Unidos, recorriendo la Ruta66 (V)
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Ya hacía días que no os seguía contando mi viaje atravesando Estados Unidos, y fijándome particularmente en los detalles que hacían de este país un lugar redneck o paleto.

Ya habíamos llenado nuestros estómagos en The Big Texan, y hasta arriba de triglicéridos continuamos viajando en nuestro Buick destartalado.

Lo único que pueden atestiguar mis recuerdos es que aquella tarde ya me encontraba en New Mexico, conduciendo el ajado Buick Skylark mientras sonaba un tema country en la radio. Y que contemplé puestas de sol irrepetibles. Y que gran parte de la población que me salía al paso era de origen indio, y que la influencia hispánica se percibía en cada costumbre, en cada nombre, en las construcciones coloniales y en el fervor católico.

Y que atravesé desiertos tachonados de cactus gigantes, pueblos fantasmas del oeste y espacios naturales casi extraterrestres como el Grand Canyon y el Monumental Valley, sintiéndome más solo que nunca, obrando como poseído, sin pensar. Sólo huía hacia delante.

Shiprock
La paleta del pintor se quedaría corta si pretendiera plasmar aquella infinita colección de tonalidades de la arena del desierto de Nevada y Arizona. A pesar de que me dejaba llevar por la inercia, no fui ajeno a aquellas explosiones de belleza geográfica que me hacía cosquillas en el vello del cogote o me empañaban los ojos, al igual que me sucedía cuando leía un buen libro.

Y, tras el desierto, también me interné por frondosos bosques de secuoyas gigantes que tapizaban el cielo como monstruosos parasoles, pero sin detenerme, sin recular, siempre adelante, quemando neumático y gasolina, en busca de nuevas imágenes que alimentaran la cámara fotográfica en la que se había convertido mi cerebro.

Tampoco recuerdo cuantos días había invertido para salir de Chicago, a los pies del lago Michigan, para finalizar en el otro extremo del país, en Los Angeles, desembocando en el océano Pacífico tras cruzar dos de las más emblemáticas calles de la ciudad: Sunset Boulevard y Santa Monica Boulevard. No seguí adelante simplemente porque se acabó la tierra, y porque el motor del coche ya humeaba.

Y volví a concluir que el viaje, viajar, moverse, siempre peripatético, es una experiencia maravillosa. Y que viajar te hace pensar cosas como que lo mejor en la vida es: un día de sol con una temperatura de veinte grados negativos, porque ese día la nieve, porque por mucho que la pises, continúa intacta.

Y me gustan los finlandeses yendo a contemplar el mar congelado, todos los años, como si fuera la primera vez. Y los dependientes simpáticos que me ayudan a aprender su idioma y me premian el intento con una sonrisa. Eso de que la sonrisa es contagiosa es cierto. E incluso resulta una experiencia inolvidable recorrer la parte más redneck y paleta de Estados Unidos. Llegas a casa y tu equipaje pesa más que antes, aunque esté vacío.

Fotos | Wikipedia En Diario del viajero | Se inaugura el primer aeropuerto espacial en Nuevo Mexico | Mi experiencia conduciendo por la mítica Ruta66

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