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Embajada a Samarcanda. La necesidad de los visados

Embajada a Samarcanda. La necesidad de los visados
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Comienzo una aventura en moto hacia Asia Central. No es la primera vez que voy hasta uno de los lugares más remotos y todavía puros del planeta. Ya recorrí la Ruta de la Seda en 2009. Allí aprendí algo que me resultaría de una gran utilidad. La necesaria consecución de los visados antes de salir. Las repúblicas de Asia Central nacieron como consecuencia de la implosión de la Unión Soviética en 1991 y esa mentalidad burocrática ha quedado marcada en su ADN de forma indeleble. Cruzar sus fronteras puede ser una auténtica pesadilla. Releo mi diario de aquellos días y revivo aquella terrible experiencia de viajar sin visa. Paso a exponer hoy ese relato y en un próximo post daré la información necesaria para proveerse de los visados que hacen falta para mi viaje a Uzbekistán.

"Estoy entusiasmado ante la esperanza de pasar a Kazajstán. Al menos hay dos kilómetros de tierra de nadie entre Rusia y el nuevo país al que me dirijo. Cruzo un puente sobre el Volga, río que va a morir al Mar Caspio. Sin embargo, mi felicidad topa con el muro de mi propia estupidez. He consultado mal la información sobre los requisitos de entrada en la mayor ex república socialista soviética. En una lectura apresurada de una web de viajes turisticos por Rusia y países satélites leí que los ciudadanos de la Unión Europea estaban exentos de algo para entrar en Kazajstán y yo pensé que lo estaban de visado. No es así, de lo que están exentos es de proveerse de una carta de invitación de un ciudadano kazajo para obtener el visado, imprescindible para entrar en el país. Evidentemente, soy un desastre de viajero y así me lo hicieron saber los guardias kazajos con muy poca simpatía.

Les digo que no pasa nada, que ha sido un simple error, que me hagan el visado allí mismo que pagaré lo que haga falta. Pues no. No sólo no lo expiden en la frontera sino que por lo visto es casi un crimen lo que he tratado de hacer. Me llevan al interior de un tétrico edificio. El comandante del puesto, un joven tipo de ojos rasgados, pelo cortado a cepillo y uniforme de camuflaje con un montón de estrellas y entorchados, me hace mil preguntas. ¿Quién soy, de dónde vengo, qué pretendo exactamente, por qué demonios quiero asesinar al jefe del Estado? Me llevan de aquí para allá por unas dependencias sórdidas. Entreveo despachos siniestros con la ubicua foto del presidente Nazarbayev. El preboste brilla de maquillaje y fotoshop. Aparenta treinta y cinco años y no los más de setenta que en realidad tiene. Viejos perros con nuevos collares, mismo sistema policial.

Me hacen fotos de frente y de perfil y toman mis huellas dactilares. Por un momento pienso que todo es una comedia atemorizante para al final hacerme el jodido visado y dejarme pasar. Pero no. No es ninguna comedia con final feliz. Cuando termina el procedimiento y estoy completamnte fichado, me llevan de nuevo ante el comandante. Éste no responde a mis sonrisas sino que teclea lenta y trabajosamente en un vetusto ordenador. Utiliza un solo dedo y piensa mucho entre párrafo y párrafo. Cuando termina, imprime una hoja con el escudo de la república de Kazajstán y me obliga a firmar una declaración en ruso que no entiendo. Por fin, después de guardar mi expediente, que ya es considerable, resuelve que tengo que regresar por donde he venido. Solo ahora me doy cuenta de que perdido aquí cerca de tres horas para nada. Desanimado y triste, monto en la BMW para enfilar el camino de vuelta a Rusia."

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Fotos:Miquel Silvestre

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