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El asombroso viaje que me inventé de pequeño y que tal vez lleve a cabo algún día

El asombroso viaje que me inventé de pequeño y que tal vez lleve a cabo algún día
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Como os contaba en Calcula tu Coeficiente Evolutivo según lo que hayas viajado en tu vida, viajar es una forma de crecer. Y, de hecho, creo que viajar constituye un deseo natural que la rutina y los años acaban por sepultar en muchas personas. Al menos en su vertiente más despreocupada, fantasiosa y aventurera.

Por ello quiero recordarme de vez en cuando un viaje fabuloso que me inventé de niño. Un viaje que imaginé con todo lujo de detalles. Un viaje que, qué diablos, quizá acabe haciendo realidad algún día, pudiendo entrar en el club donde solo puedes afiliarte si has visitado un mínimo de 100 países. ¿Por qué no?

Cuando digo que era un niño al inventarme tal viaje, me refiero a la época en la que consumía las novelas de Julio Verne o los tebeos de Tintín. Y prueba de él fue lo que encontré en una antigua carpeta sucia y polvorienta: un minucioso croquis de cómo debería ser mi viaje alrededor del mundo el día que me decidiera cruzar el rubicón.

Era un croquis en el que se especificaban los transportes que usaría en cada travesía y los kilómetros que cubriría con cada uno de ellos. No recuerdo exactamente cuándo esbocé el croquis, pero sé que fue en un momento entre los 10 y los 13 años.

Y también recuerdo que, para llevarlo a cabo, me valía de un mapamundi, en el que abismaba mi mirada durante horas, resiguiendo con los ojos las ciudades y pueblos de cada país, los accidentes geográficos y las líneas de las carreteras secundarias, intentando proyectarme en cada uno de ellos ataviado como un aventurero: sombrero Fedora, pañuelo al cuello, camisa sudada y los bolsillos del pantalón llenos de objetos para salir airoso de cualquier obstáculo, como McGyver. Y también sufriendo toda clase de inclemencias en el viaje, como en esas películas de los años 1980-90 en las que un hombre, a lo Kerouac, se enfrentaba a la carretera estadounidense, de costa a costa.

Por esa razón, tal vez, soy un devoto de las road movies, sobre todo de las payasas y estrafalarias, como Mejor solo que mal acompañado o Dutch, tu novio huele mal (ambas, por cierto, con el sello del rey de las películas de los adolescentes de los ´80 John Hughes).

Me sentía identificado, en definitiva, como el escritor Joseph Conrad en las primeras páginas de El corazón de las tinieblas:

Cuando era pequeño tenía pasión por los mapas. Me pasaba horas y horas mirando Sudamérica, o África, o Australia, y me perdía en todo el esplendor de la exploración. En aquellos tiempos había muchos espacios en blanco en la Tierra, y cuando veía uno que parecía particularmente tentador en el mapa (y cuál no lo parece), ponía mi dedo sobre él y decía: “Cuando sea mayor iré allí”.

El resumen de aquel viaje imaginario alrededor del orbe terráqueo, a efectos nostálgicos y transcrito tal cual lo conservo desde mi infancia, era el siguiente (perdonad la ingenuidad de algunos datos):

De mi habitación en el centro de Barcelona a Roma en avión (800 km.), de Roma a la orilla del Tíber en camión (23 km.), de la orilla del Tíber hasta la otra orilla del Tíber en barco (250 km.), de la otra orilla del Tíber a San Marino en coche deportivo (40 km.), de San Marino a Trieste cruzando el Mar Adriático en catamarán (50 km.), de Trieste a Zagreb en tren (175 km.), de Zagreb a Bucarest en zeppelín (800 km.), de Bucarest al Mar Negro en coche de caballos (175 km.), de la orilla del Mar negro a Batumi en hidroavión (950 km.), de Batumi a Kabul en globo (250 km.), de Kabul a Pekín en Concorde (5.000 km.), de Pekín al Mar Amarillo en motocicleta (500 km.), de Yungping a Japón en trasatlántico (1.500 km.), de Japón al Océano Pacífico en autobús (400 km.), de la orilla del Océano Pacífico a San Francisco en ala delta, de San Francisco a Colorado Springs en un tren antiguo, cruzar el Missisipi en un barco de vapor y continuar en el tren más moderno que existía hasta Chicago, de Chicago a Nueva York en limusina, de Nueva York a Lisboa en velero, de Lisboa a Madrid en bicicleta, de Madrid a mi habitación en el centro de Barcelona a pie… y vuelta a empezar pero en sentido contrario y permutando todos los medios de locomoción.

¿Me acompañáis?

En Diario del Viajero | La mujer que dio la vuelta al mundo en menos de 80 días (y poco después que Phileas Fogg)
En Diario del Viajero | Los mapas de Julio Verne
Fotos | Wikipedia | Wikipedia

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