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Calcula tu Coeficiente Evolutivo según lo que hayas viajado en tu vida

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El CE, es decir, el Coeficiente Evolutivo, fue algo que descubrí en una autobiografía de Timothy Leary, escritor, psicólogo y defensor de las drogas que fue una de las primeras personas cuyos restos fueron enviados al espacio por petición propia. Según Leary, el Coeficiente Evolutivo surge de dividir el número de direcciones de correo postal que has tenido por tu edad cronológica. El día que Leary desarrolló el Coeficiente Evolutivo tenía 50 años y ya había vivido en 53 casas diferentes.

CE Timothy Leary: 53 casas / 50 años = 1,06.

El CE de Leary era un asombroso 1,06, cuando el CE del estadounidense medio, según el propio Leary, es del 0,25 (10 casas / 40 años). A continuación, Leary calcula el CE de su retrógrada Tía Mae, una mujer muy apegada a sus costumbres: 1 casa / 80 años = 0,01.

Al leer estas cifras, hace unos años, mucho me temí que yo andaba más cerca de Tía Mae que del fascinante y peripatético Timothy Leary. Igualmente, efectué el cálculo para asegurarme: 5 casas / 30 años = 0,1. Incluso estaba por debajo del estadounidense medio. También hay que añadir que Leary era un apóstol del LSD, el ácido lisérgico que impulsó la contracultura de los años 1960, así que al cómputo cabía añadir los cambios cerebrales a los que Leary se había sometido en cada una de sus ingestas de LSD:

Las 300 sesiones de LSD, los 300 retroquelados, las 300 variaciones de realidad. (…) Yo me había propulsado más allá de la fuerza gravitatoria del pasado hasta alcanzar un estilo de vida relativista y posterrestre, a años luz del patrón habitual de vida humana: amigos que trabajan juntos, se apuntan a los mismos clubes, se ven regularmente los miércoles por la noche y los domingos por la tarde… Me había convertido en un viajero del espaciotemporal, con casa en ninguna parte, con casa en todas partes.

Tener un CE tan bajo me hacía sentir que, en cierto modo, me estaba perdiendo algo, que no había vivido lo suficiente, que había estado perdiendo el tiempo. Obviamente, no era así. Pero la simple sospecha de que pudiera serlo era mi mayor acicate. Además, se daba la circunstancia de que durante aquellos días se habían puesto de moda los programas de televisión de viajes, como Afers exteriors o Planeta Finito.

Eran programas que te invitaban a perderte por el ancho mundo, que te recordaban que el planeta era una gigantesca macedonia de razas y culturas que ningún anuncio de Benetton podía emular, que te instilaban la idea de que no todo se acaba en la puerta de tu casa o en el bloque de enfrente sino que había muchos paisajes, sabores y emocionantes sorpresas por descubrir de primera mano.

A partir de aquel momento, lo recuerdo perfectamente, empecé a viajar más que nunca. Y, también, me dio menos miedo cambiar de casa, o incluso cambiar de país.

El viaje, pues, como forma de escapatoria, el viaje como vía paliativa de la infelicidad. O, como dijo Maupassant cuando le preguntaron la razón de sus viajes: “la necesidad incontenible de dejar de ver la torre Eiffel”. Aunque, como os demostré aquí, quizá haya demasiadas réplicas de la Torre Eiffel por el mundo como para dejar de verlas.

Pero tampoco hay que obsesionarse, porque uno también puede viajar a través de las puertas dimensionales que son los libros, de viajes u otros, tal y como hacían los monjes medievales que dibujaban mapas de los santos lugares y los caminos que conducían a ellos, los cuales estudiaban minuciosamente cada paso del viaje sin abandonar jamás sus monasterios. Porque creían en la peregrinatio in stabilitate: peregrinos con el corazón no con los pies.

Y como os explicaré en otro momento, desde pequeño ya he sido proclive a viajar con la imaginación, mientras contemplaba un mapa.

Y, bueno, siendo justos soy una persona que vive en el siglo XXI, y eso ya me convierte en un viajero si me comparo con prácticamente todas las personas que vivieron antes que yo. Durante la Edad Media, por ejemplo, la mayoría de la gente vivía, trabajaba, se casaba y moría sin alejarse nunca más de 30 kilómetros de su lugar de nacimiento. Es decir, tenían un CE francamente bajo, casi abisal.

Pero la mejor manera de ilustrar los cambios en la movilidad humana quizá es un estudio realizado por el epidemiólogo David Bradley, que documentó los patrones de viaje de su bisabuelo, su abuelo, su padre y el suyo propio durante los 100 años anteriores a la década de 1990. El resultado fue el siguiente:

Bisabuelo: no salió nunca de un cuadrado de 40 por 40 km.

Abuelo: un cuadrado de 400 km.

Padre: viajó por toda Europa, cubriendo un cuadrado de 4.000 km.

El propio Bradley: se convirtió en trotamundos, cubriendo los 40.000 km de circunferencia de la Tierra.

Fotos | Andrew Mandemaker | Philip H. Bailey

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