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California. Estoy en un pueblo llamado Oceano. Despierto en mi cama de motel. Miro por la ventana y luce un espléndido sol de Invierno. Hoy es uno de esos días que justifican las aventuras. Me despierto pronto y me voy a correr. De pronto aparece ante mí una playa enorme y plana. Una de esas playas donde se puede correr. Mi alegría se dispara y troto como un cachorro mientras el aire salino despierta mis pulmones. Veo coches circulando al lado del mar. O sea, que aquí se puede recorrer en moto la ribera del mar.
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Regreso al motel y descargo las maletas de la moto. Pago cinco dólares y recorro la playa. La moto se mueve un poco pero el suelo es bastante firme y la respuesta de la BMW es muy noble. Encuentro un coche con tres rubias haciéndose fotos. Me ofrezco a hacerles una a las tres y me lo agradecen. Les tiro unas cuantas. Me preguntan si soy polaco. ¿Polaco? No, soy español. Una me dice que ha estudiado en España, en Málaga. Resulta que son alemanas. Me hace ella una foto y cuando nos damos cuenta, su coche se ha quedado encallado en la arena. Empujamos y sale. Nos reímos y me dicen que ya puedo contar que he rescatado tres rubias. Más risas. Desde su coche me hacen fotos y me filman con su cámara.

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Regreso al motel. Cargo y salgo. El día está nublado pero va clareando. La autopista es aburrida hasta Cayucos. No se ve el mar y la montaña está pelada. Al principio recuerda al oriente Asturiano y luego al occidente. De pronto, es como si se hiciera de día. Ante el motorista se tumba la carretera más bella que nunca haya visto. Pegada al océano, se suceden las millas y millas de curvas, subidas y bajadas. Es un paisaje similar al mediterráneo de la Costa Azul, la Costa Brava o la Costa Blanca. Pero sin casas ni mostrencos edificios. Apenas hay coches en la carretera y el día es cada vez más luminoso, sin nubes.
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Paso delante del castillo que el magnate Hearst se construyó sobre la cima de una montaña. Un delirio de nuevo rico convertido en monumento nacional. Y la carretera no se acaba nunca, y cada paisaje es más bonito que el anterior. Unas obras nos obligan a detenernos. Se ha caído una roca sobre el asfalto y la están retirando. No hay prisa, sin embargo me vuelve a detener la Highway Patrol en un bosquecillo de transición. Es el único sitio donde pueden ocultarse. Me pregunta mi altura y mi peso. Me sorprende esa curiosidad hasta que caígo que es una forma policial de describir a los delincuentes. n

Fotos:Miquel Silvestre
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