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pirámide de Giza

He posado mis ojos sobre las murallas de Babilonia, y la estatua de Zeus, y los jardines colgantes, y el Coloso del sol, y la enorme obra de las altas pirámides, y la vasta tumba de Mausolo. Pero cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esos otros mármoles perdieron su brillo.

Estos versos fueron escritos por el poeta griego Antípatro de Sidón en el año 125 a.C. Sólo se trata de una fantasía o de una licencia poética, pues ningún ser humano tuvo jamás el privilegio de ver con sus propios ojos los siete monumentos mencionados en el poema, ya que sólo cinco de ellos llegaron a coincidir en el tiempo.

Exceptuando las murallas de Babilonia, que Antípatro de Sidón incluyó en su poema pero que no figura entre las llamadas Siete Maravillas del Mundo Antiguo, o la Gran Pirámide de Guiza, estas impresionantes construcciones ya no están en pie: los Jardines Colgantes de Babilonia, el Templo de Artemisa en Éfeso, la estatua de Zeus en Olimpia, el Mausoleo de Helicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría.

Diferentes terremotos tumbaron el Coloso de Rodas y el Mausoleo de Helicarnaso. Un incendio iniciado por Herostratos, la misma noche que nació Alejandro Magno, barrió el templo de Artemisa. Los partos destruyeron los Jardines de Babilonia en 125 a.C. La estatua de Zeus ardió cuando los turcos la trasladaron a Constantinopla.

Sobre muchas de estas maravillas se conserva una breve descripción literaria, pero no su imagen real. Con todo, para alejar al menos un poco el sentimiento de orfandad, una empresa privada de nombre New Open World Corporation decidió realizar una votación popular para escoger las Siete Maravillas del Mundo Moderno. Se llevaron a cabo más de cien millones de votos sin restringir el origen de las votaciones ni el número de votos por persona. Los resultados fueron Chichén Itzá, en México; El Coliseo de Roma, en Italia; La estatua Cristo Redentor, en Brasil; La Gran Muralla China, en China; Machu Picchu, en Perú; Petra, en Jordania; El Taj Mahal, en India.

dibujosAhora podéis visitar estos nuevos lugares, pero los que ya desaparecieron sólo podemos imaginarnos. Permitidme que os relate, a modo de fantasía, cómo fue mi visita a las siete maravillas desaparecidas en un viaje imposible en el que todas ellas figurarían simultáneamente en un mismo escenario.

Bajo un cielo azul de pintura impresionista se recortaba, magnífica, una pirámide del color de la arena del desierto. Se hallaba lejana, tras una monótona extensión de césped. Pero más acá (y, por tanto, más grande), unos grados a la izquierda, se levantaba otra pirámide, escalonada, un zigurat festoneado de palmeras y flores exóticas. Aquel jardín exuberante parecía crecer por cada intersticio de la construcción, y creí atisbar, borroso por la distancia, cómo un sistema de norias llenas de agua regaba la pirámide vegetal. También disponía, a diferencia de la primera pirámide, una entrada, un arco oblongo custodiado por dos tigres alados esculpidos en bronce.

Mucho más cerca, a la izquierda, un templo me mostraba sus intimidades, pues carecía de paredes. Era grande, calculé que de unos cien metros de largo por cincuenta de ancho. Y estaba engalanado por más de un centenar de columnas de estilo jónico. En el centro se alzaba una estatua dorada, brillante, que semejaba una amazona pertrechada con un arco y un carcaj surtido de saetas. Y un águila posada en su mano izquierda, y una gacela a sus pies.

Casi a la misma distancia, al otro lado, una figura majestuosa parecía contemplarme. Medía más de diez metros, estaba sentada sobre un sencillo trono y vestía con incrustaciones de marfil, oro, ébano y piedras preciosas. Por suerte, sólo era otra estatua, aunque muy realista. Parecía un dios. En una mano sostenía una pequeña figura humana dotada de alas angelicales; en la otra, un cetro sobre el que se posaba un águila gigante de oro.

Me vi obligado a girar el cuello todo lo que pude para contemplar otra construcción, la más próxima, a apenas unos doscientos metros de mi posición. Era un hermoso mausoleo de cincuenta metros de altura, coronado por la estatua de una cuadriga con dos esfinges. El edificio era blanco, ornamentado con frisos de motivos florales.

A la izquierda quedaban dos construcciones más. Al estar más próximas que ninguna de las otras, me causaron cierto vértigo y actitud reverencial. Se trataba de una estatua y de una torre. La estatua correspondía a la de un soldado antiguo, estilo romano, construido con placas de bronce. Alzaba de tal forma una antorcha que me recordó a la Estatua de la Libertad. Medía unos treinta metros de altura y se levantaba sobre una impresionante peana de hierro.

Pero su altura palidecía ante la torre de más de cien metros que funcionaba como faro. Grandes bloques de vidrio conformaban sus cimientos. Decenas de ventanas agujereaban la estructura central, remedando ésta un rascacielos neoyorquino. En la cima llameaba un gran espejo. Y, sobre la estructura que protegía al espejo, la estatua de un hombre con los brazos abiertos, en ademán de saltar al vacío.

Todas aquellas proezas arquitectónicas parecían estar posando para un pintor que practicase un ejercicio de perspectiva. Y, de repente, todas se esfumaron como una pompa de jabón. Plop.

En Diario del Viajero | Las 7 nuevas siete maravillas del mundo
Fotos | Wikipedia

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