El día que fui a visitar la catarata donde murió Sherlock Holmes… y casi me electrocuto (I)

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Meiringen

Supongo que todos sabéis que Sherlock Holmes moría en las cataratas de Reichenbach junto a su arhienemigo Moriarty. (Bueno, en realidad no moría, como descubriríamos años más tarde). Lo que probablemente no sabéis es que dichas cataratas existen, y que pueden visitarse. Yo lo hice en uno de mis viajes a Suiza, pero casi me electrocuto al intentarlo.

Sirva este relato un tanto patético sobre mi viaje para descubrir un poco más sobre el país helvético, a la vez que echáis unas risas a mi costa, como si yo fuera una mezcla de Mr Bean y Benny Hill.

Lo primero que hicimos fue llegar en tren a Meiringen, un pueblo consagrado a la figura del famoso detective. Por ejemplo, una de las calles del pueblo se llama precisamente Baker Street, y tiene el número 221b (en Londres, donde se encuentra la casa original de Holmes, en realidad era la residencia de Conan Doyle, que a su muerte fue convertida en el 221b de Baker Street: el edificio es propiedad de una empresa que incluso contesta a todas las cartas que diariamente recibe el detective; y ha publicado algunas de ellas).

Sherlock HolmesEn Meiringen también hay un hotel Sherlock Holmes. Y hasta una fondue Sherlock Holmes. El hotel Park Du Savage, que fue el hogar de Conan Doyle en sus estancias en Suiza, ofrece a sus huéspedes veladas detectivescas con actores profesionales. ¿Os imagináis pasar una aventura nocturna tratando de esclarecer quién ha asesinado al maître?

A pocos minutos de camino (a pie), alcanzamos la periferia del pueblo hasta llegar a la estación del funicular que supuestamente debería llevarnos hasta las cataratas de Sherlock Holmes. Matizo lo de “supuestamente” porque en aquellas fechas (octubre) el funicular ya estaba cerrado: la época turística ya había concluido y la catarata tampoco ofrecía ya su poderoso caudal, característico de la canícula.

Si hubiéramos llegado una semana antes, no hubiese habido problema. Pero si pretendíamos subir hasta la cascada aquel día, estábamos obligados a hacerlo a pie. Lo cual iba a ser mucho más divertido.

Así pues, empezamos a ascender por el empinadísimo camino, siempre perfectamente indicado con letreros que también ofrecían el tiempo estimado de llegada. Esos tiempos estarían calculados para suizos con una salud cardiovascular envidiable, porque pronto descubrimos que, en lo que respecta a nosotros, esos tiempos deberían haberse multiplicado por dos o hasta por tres. Cuando ponía que faltaba una hora para llegar a X lugar, por ejemplo, nosotros tardábamos dos horas.

Y a medida que nos agotábamos, las estimaciones de tiempo ya no tenían ningún sentido: siempre se basaban en la hipótesis, por otro lado demasiado optimista, de que uno anda con el ritmo de un metrónomo, sin acusar cansancio, sin rebajar el ritmo… sin necesidad de tumbarse cuan largo es en el suelo para recuperar el resuello mientras su corazón atrona en el pecho, y de su garganta escapa un quejido sostenido que trata de articular una frase bastante parecida a: “Socorro, por los clavos de Cristo, que venga a buscarme una ambulancia”.

Pero se nos ocurrió una cosa para acortar el camino. Os la explicaré en la próxima entrega de esta serie de artículos sobre la catarata de Sherlock Holmes.

Fotos | Wikipedia
En Diario del Viajero | Siguiendo las huellas de Sherlock Holmes en Londres

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