
Uno de los elementos que definen el “slow travel“ o viajar lento es la oportunidad de sumarse a la vida local del lugar que se visita. Conectar con el lugar y su gente. Se trata de conectar con la cultura propia del sitio que nos recibe.
Muchos han dejado atrás ese modelo de viaje en que se corre detrás de aquello que “hay que ver”, para volver a casa con una colecciòn de fotos como souvenirs. Y con poco aprendido.
Practicando el viajar lento, el viajero se establece al menos una semana en un lugar. A la vieja usanza de “desempacar” y anidar temporalmente. Por lo general se aloja en casas o apartamentos turísticos que permiten ganar una nueva rutina, mas relajada, pero más a medida que en las estadías hoteleras tradicionales.
Las actividades, además, se basan en las potencialidades del lugar, en sus características culturales, sus tradiciones.
El movimiento “Slow” propone tomarse de forma más pausada la vida, siendo selectivos en nuestras actuaciones y plenamente conscientes de cómo invertimos nuestro tiempo. Este movimiento, surgido en Italia de la mano del slow food como alternativa al fast food, se ha ido ampliando a estilos de viaje, de vida, de relaciones, y cuenta hasta con ciudades dentro de una comunidad slow.


