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Algunos lugares cinematográficos y literarios que todos podemos visitar

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Lugares que aparecen en las producciones cinematográficas, que en un principio sólo fueron lugares sin más y, tras aparecer en celuloide, han obtenido una entidad mítica, como si dos mil años de historia les hubieran caído encima. Lugares en muchas ocasiones anodinos que, sin embargo, atraen a más turistas que los lugares en los que realmente ha ocurrido algo históricamente destacable.

Lugares como Salzkammergut, en Austria, donde Julie Andrews y los Von Trapp entonan una canción de alegría azucarada mientras corretean por los prados de Fuschl Am See en Sonrisas y lágrimas.

Lugares pseudohistóricos por obra y gracia de la logística de un rodaje, como los campos de uso privado de Ballymore Eustace, en Kildare, Irlanda, a unos 40 kilómetros de Dublín, donde Mel Gibson se tomó la libertad de rodar gran parte de la vida del héroe escocés William Wallace, en vez de hacerlo en el lugar histórico original, en Stirling y Falkirk.

Lugares artísticos como la iglesia de San Fracensco, situada en Arezzo, en la Toscana, donde Juliette Binoche contempla a la luz de las velas unos frescos renacentistas en El paciente inglés, frescos de Piero della Francesca que cualquier de nosotros podremos también contemplar, pero desde el suelo y previa reserva.

Lugares como el Parque del Ngorongoro, en Tanzania, por el que podremos repetir el mismo tour que realizó Meryl Streep en Memorias de África.

Lugares como las cataratas de Iguazú, en Argentina, con 275 saltos de agua de hasta 70 metros de altura, en las que ahora siempre resonará la música de Ennio Morricone acompañando la penitencia de Robert De Niro en La Misión.

Lugares como los acantilados de Moher, en Irlanda, que son tan impresionantes que aparecen rebautizados como los Acantilados de la Locura en La princesa prometida.

Lugares como la Isla del Coco, en Costa Rica, por donde corrieron los dinosaurios de Steven Spielberg en Parque Jurásico.

Lugares como Devil´s Tower en Wyoming, una montaña de roca maciza, lugar de indios Sioux y Cheyene, que Steven Spielberg envolvió de una aureola ovni en Encuentros en la Tercera Fase.

Lugares idealizados para mochileros y gente que aún cree en el paraíso, como la isla de Phi Phi, en Tailandia, que fue convenientemente tuneada (se plantaron, por ejemplo, un tipo de palmeras foráneas para que visualmente la isla rozara la perfección) para Leonardo DiCaprio en La Playa.

O Cong, en el condado de Galway, en Irlanda, que fue rebautizada como la idílica Inisfree para la obra maestra de John Ford, El hombre tranquilo.

Todos esos lugares sólo se perciben con las lentes audiovisuales adecuadas, como lo son todos los lugares de referencia para la saga de James Bond: el pico Asgard, en Canadá, de La espía que me amó; el lago Jökulsárlón, en Islandia, de Muere otro día; o quizá Laughing Waters, en Jamaica, la playa situada junto a Dunn´s River Falls, a unos 5 kilómetros al oeste de Ocho Ríos, de cuyas cristalinas aguas emergió Ursula Andress como una sirena llena de curvas en 007 contra el Dr. No.

Lugares reales que la ficción se encarga de cubrir con una patina de irrealidad. Lugares que no sólo han sido contaminados por el celuloide sino salpicados también por la tinta de muchas novelas, como el escenario de las obras románticas de las hermanas Brontë, el pueblo de Haworth, en Inglaterra, y también en Inglaterra, todo el condado de Yorkshire, atestado de manchas de tinta, como la mancha de la bahía de Robin Hood, donde los corsarios usaban las cuevas para ocultar sus tesoros, o la bahía de Whitby, en el noroeste, donde el Drácula de Bram Stoker desembarcó ávido de sangre de doncella.

París, una ciudad especialmente literaria, incluso cuenta con su propio mapa literario creado por el ayuntamiento de la ciudad en un intento por recrear los paisajes de la literatura que tienen París como telón de fondo. Victor Hugo, Stendhal, Simone de Beauvoir, Guy de Maupassant y muchos otros han retratado París como parte indisoluble de sus escritos. Sus cafés literarios, sus puentes, sus jardines y sus iglesias,

Más acá, tras leer popular La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, uno puede pasear por una nueva Barcelona que ha adquirido la textura de la novela; incluso puede contratar a un guía turístico especializado en los escenarios de la obra y así redescubrir la ciudad con otros ojos. Tal es el poder de la ficción para cambiar la realidad.

Si persistís en visitar lugares literarios, entonces no os perdáis los lugares donde sus creadores los generaron, que también acaban convirtiéndose en lugares ficcionales por derecho propio.

Como Lasna Poliana, en la región de Tula, a 160 km al sur de Moscú, que es donde se encuentra la hacienda de Dostoievsky. Sobre su escritorio aún está abierto el último libro que se dice que hojeó antes de morir, el suyo propio: Crimen y castigo.

Si vistáis La Habana, entonces no os podéis perder el 162 de la calle Trocadero, el piso bajo y oscuro donde escribía Lezama; y Finca Vigía, donde escribió durante un tiempo Hemingway. También por esta casas pasaron Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda.

En la isla Mount Desert, en Maine, se encuentra la elegante casona donde escribía Yourcenar.

En Madrid, en el Torreón de la calle Velázquez, lo hacía Ramón Gómez de la Serna.

Virginia Woolf vivió en Monk´s House, una casa que hoy es un museo, situada en el pueblo de Rodmell, en Inglaterra.

En París, en la Place des Vosges, está la Maison de Victor Hugo.

Así pueden ser los viajes inspirados por el cine y la literatura, mucho más ricos, llenos de matices, como si el mapa tradicional que usamos para guiarnos por el mundo hubiera adquirido de señales nuevas.

Fotos | Wikipedia | Wikipedia | Wikipedia

En Diario del Viajero | Los lugares más famosos de la historia del cine en Nueva York | Los lugares más famosos de la historia del cine en París

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