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El viaje de... Jorge a Transilvania

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TransilvaniaPaso del Borgo

Uno de nuestros lectores fieles ha vuelto de sus vacaciones en Rumanía y ha querido compartir sus experiencias con todos nosotros. Ésto es lo que nos cuenta Jorge:

Visitar Transilvania tras las huellas de Drácula; qué tópico parece de no ser porque decir esto también es tópico. El caso es que cuando uno sale del aeropuerto de Bucarest y lo primero que se encuentra es un gran anuncio de la Banca Transilvana le entran ganas de reir y hacer una apuesta sobre cuántas referencias al vampiro más famoso va a encontrar a lo largo de su estancia. Al principio, salvo las ruinas de la Curtea Veche, no parecen abundar y hay que recurrir al chiste fácil tipo “He olvidado el ajo y las estacas”.

Sí que pueden inspirar un poco más los pueblos que se van dejando atrás por las temibles carreteras nacionales, compuestos siempre por casas rurales unifamiliares (es un decir), todas con su pozo de rueda, su característico tejado quebrado, su provisión de leña para soportar el crudo invierno y sus humildes habitantes persignándose enfáticamente ante las innumerables cruces que jalonan los caminos. A menudo la aldea también tiene el cementerio dentro del callejero. Y es que un camposanto rumano son palabras mayores. Recorrer el país significa ver docenas de ellos; en algunos casos se incorporan al turismo incluso involuntariamente: el museo de iconos sobre cristal de Sibiel, por ejemplo, se alza en medio de uno, rodeado por tumbas.

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Ruta por Cantabria: San Vicente de la Barquera

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San Vicente de la Barquera, Cantabria

A diez kilómetros de Comillas, siguiendo nuestra ruta por la costa cántabra, encontramos San Vicente de la Barquera: otro encantador pueblo con un interesantísimo pasado medieval y rodeado de unos paisajes de gran valor ecológico.

“Por el puente de San Vicente pasaron palomas veinte”. Con esta cancioncilla me preparaba, cada vez que visitaba la villa hace algunos años, para cruzar el Puente de la Maza que atraviesa su ría. El siguiente paso era coger aire para tratar de aguantar la respiración durante el tiempo que el coche tardase en cruzar su más de medio kilómetro de longitud, y pedir un deseo. Todavía lo hago.

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Perpiñán: el Castillet

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Castillet de Perpiñán

En nuestro último post sobre Perpiñán recorrimos la plaza del Castillet y nos quedamos a sus puertas para comenzar a recorrer el casco histórico de la ciudad. Detengámonos a observar el Castillet.

Por esas cosas de la lengua compartida y adaptada, el Castillet puede nombrarse como “Castellet” o “Castillo pequeño”. Incluso los propios franceses lo llaman con la pronucnicación catalana así como muchas de sus calles llevan los nombres en ambas lenguas. Toda una larga historia compartida ha dejado huella.

Se trata de una construcción militar casi única en su tipo en la zona. Una combinación de fortaleza, muralla y palacio aunque las primeras funciones prevalecen sobre la última. Lamentablemente se ha perdido casi todo el recorrido de las antiguas murallas de Perpiñán en pos de ampliaciones sucesivas a medida que la ciudad crecía.

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Perpiñán: la Plaza del Castillet

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Plaza del Castillet, Perpiñán

El punto neurálgico de la ciudad de Perpiñán es la Plaza del Castillet. Allí se concentran servicios y atractivos turísticos que te llevan a elegirla como punto de encuentro, como inicio o final de cualquier recorrido por esta pequeña y pintoresca ciudad del sudeste francés.

La “plaza” es un lugar marcado por la presencia de dos elementos muy importantes para Perpiñán: el río y el Castillet. El brazo del río Têt (en realidad es un canal) cruza por delante de la plaza y la marca con suaves ondas. De sur a norte en este trayecto hay varios puentes. Los que se encuentran frente mismo al Castillet, son de ladrillo y dejan asomarse a un paseo florido a la vera del río.

Hay terrazas que en verano deben congregar una buena vida a la sombra de la arboleda que va paralela al río. Y un poco más al norte, hay una serie de antiguos puentes de hierro, con las exclusas mecánicas que se usarían en época de lluvias y con el paso del tiempo grabado en óxido. Frente a éstos probamos un restaurant (Al Perpinyà) donde hablan español y se puede comer muy bien por unos 20 euros.

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